¿Qué pasa en nuestro cerebro cuando estamos estresados(as)?

¿Qué pasa en nuestro cerebro cuando estamos estresados(as)?

Imagínate que vas por un camino muy conocido para ti, y de repente, notas que hay algo diferente: ¡plantaron un nuevo árbol! Esta información externa llega a tu cerebro y es recibida por el tálamo, quien identifica que llegó un estímulo visual. Luego, el tálamo le pregunta al hipocampo, que es la zona de la memoria: “¿qué es esto?“. Este último lo reconoce y dice “un árbol”. Pero la situación no queda ahí, el tálamo quiere saber más, para lo cual siempre recurre a la amígdala y la interroga con más profundidad sobre lo que ve: ¿Qué emoción nos genera esto? ¿Nos gusta o no nos gusta? Entonces la amígdala hace su juicio y responde, por ejemplo, que le encantan los árboles.

Nuestra amígdala hace lo mismo con cada uno de los estímulos internos y externos a los cuales se enfrenta día a día. Cuando nos encontramos con alguien en la calle, cuando tomamos un café, cuando tenemos una nueva idea, etc.  Se pregunta una y otra vez, ¿me gusta o no me gusta? Es decir, cada nueva experiencia, información, situación que vivimos, pasa por un filtro emocional en nuestro cerebro, lo cual nos demuestra la importancia de las emociones en el proceso de aprendizaje continuo. 

La amígdala es una estructura de nuestro sistema límbico (encargado en gran parte del proceso emocional) y se relaciona con las emociones primarias: miedo, rabia, alegría, tristeza.

El problema actual de nuestra amígdala

La neurociencia ha notado que la amígdala del ser humano contemporáneo es un poco más grande de lo que era antes, lo cual se denomina “hipertrofia”. Pero, ¿qué implica esto? Que cuando el tálamo le pregunta a nuestra amígdala si el estímulo que recibió le gusta o no, en vez de responder con serenidad, ésta grita, se torna reactiva y sus emociones se vuelven más intensas de lo normal. Como si no existiese en ella ninguna regulación emocional. 

De esta manera, una amígdala hipertrofiada secuestra a la corteza prefrontal, zona cerebral que se encarga de pensar, discriminar, razonar, proyectar y de nuestras funciones ejecutivas en general. En otras palabras, no deja que la corteza actúe adecuadamente, anula su funcionamiento y limita significativamente el aprendizaje, memoria y atención. Esto nos lleva a preguntarnos, ¿por qué aumentó el tamaño de nuestra amígdala? Hay varias razones, una de ellas es el estrés. 

El estrés no sólo genera hipertrofia en nuestra amígdala sino que también afecta nuestro sistema endocrino: Produce una hormona que se llama cortisol, quizás la habrás escuchado antes. El cortisol no es malo en cantidades adecuadas, el problema radica cuando llega y permanece en niveles altos -ligado a niveles elevados de estrés-. Cuando esto pasa, se produce un efecto dañino en nuestras células cerebrales. Literalmente el cortisol, cuando permanece en el cerebro por mucho tiempo, es neurotóxico y puede llegar a destruir nuestras neuronas. Sí, tal como lo lees, estar estresados(as) por mucho tiempo, nos mata neuronas.

El periodo en que nuestra amígdala secuestra nuestra corteza prefrontal se llama periodo refractario. En este tiempo solo somos capaces de asimilar y evocar recuerdos que confirmen, mantengan o justifiquen la emoción que captó nuestra amígdala. Limita la capacidad de aprender información nueva y acceder a conocimientos ya almacenados que no coincidan con la emoción que nos tiene secuestrados. ¿Cuándo dura? Pueden ser minutos, horas, días.

Mindfulness al rescate: una solución al problema amigdalar

El Mindfulness es una de las herramientas con más evidencia neurocientífica en la disminución del estrés y en la entrega de nuevos recursos para afrontar emociones difíciles con aceptación y eficiencia. Esto influye significativamente en que la amígdala se mantenga en su tamaño adecuado, al reducir su actividad. ¿Cómo lo logra? Nos invita a poner atención en nuestra respiración o cuerpo, activando nuestro sistema parasimpático, el que nos ayuda a sentirnos en calma, seguros(as) y confiados(as).

Lo más bonito de todo, es que el Mindfulness logra que volvamos a sentir tranquilidad simplemente al observar con cariño, perseverancia y apertura nuestro mundo emocional. Este esencial cambio, aunque no lo creamos, nos entrega enormes transformaciones a nivel psicológico y fisiológico como, por ejemplo, dejar descansar a nuestra amígdala. Al final somos como la pureza de los niños y niñas: muchas veces sólo necesitamos más atención.